En la misma rama de las otras técnicas orientales de las que ya hemos hablado, ésta sostiene que el manejo de la energía sexual es clave para la salud y la espiritualidad.
Por Karen Uribarri.
Proveniente del taoísmo, el kung fu sexual -rama de la medicina china hace dos mil años- también se preocupa de cultivar la energía, pues como todas las culturas de oriente, cree que cuando se trabaja en los caminos hacia la divinidad, esta energía es ascendente. Y es precisamente en la unión sexual que esta energía logra su mejor equilibrio. En todas las enseñanzas míticas, la unión sexual entre lo femenino y lo masculino representa la resolución de la dicotomía de la existencia y permite equilibrar la bipolaridad existente entre cielo y tierra, shiva y shakti (tantrismo), yab y yum (budismo tibetano), ying y yang (taoísmo). Así la concepción religiosa otorga la calidad de sagrada a la sexualidad, al igual que lo hace la búsqueda de la virtud, la pureza y el desapego de las cosas mundanas y del ego.
Con ese objetivo, las artes marciales resultan ser las ideales para desarrollar el trabajo de la energía a través de prácticas de movimiento y respiración para el control de la energía sexual desde las zonas genitales hasta los centros energéticos situados en la cabeza. Estas prácticas se encuentran comprendidas en lo que se llama el kung fu sexual (o práctica sexual). En este contexto, el maestro taoísta mantak chia ha dicho que el cultivo chig tiene relación directa con la extracción de la energía almacenada en los testículos y en los ovarios, respectivamente. Esta energía resulta ser muy versátil y nutritiva para el ser espiritual, por lo que el kung fu sexual presenta también técnicas de retención del semen en los hombres y del orgasmo corporal, para hacer subir la energía hacia orgasmos de orden superior.